La Gorda
Tras largos minutos apareció Sofía moviendo la cadera de lado a lado por entre las mesas. Uno a uno los cuellos de los comensales se iban torciendo descaradamente para ver el descomunal culo que se ofrecía moviendo sus nalgas como una vendedora de orilla de camino que agita su banderita blanca. El silencio total que se había hecho en el momento en que la gorda se presentara en la puerta, iba siendo devorado por una ola de murmullos que la seguía pegada a sus caderas, mientras se dirigía hacia mi mesa como si me hubiera conocido de toda la vida. El culo derramándose en la silla fue el ademán del director que ordenaba a su orquesta terminar los susurros y dar paso a los comentarios descarados acerca de la ridícula sensualidad de la potona, los que, por ser tantos y al mismo tiempo, no escuchaba. Tengo el convencimiento de que nunca alguien le dijo que sus días de gloria habían pasado, y seguía por ahí, por la vida, convencida de que el hecho de tener las caderas más anchas q...