La Gorda
| Tras largos minutos apareció Sofía moviendo la cadera de lado a lado por entre las mesas. Uno a uno los cuellos de los comensales se iban torciendo descaradamente para ver el descomunal culo que se ofrecía moviendo sus nalgas como una vendedora de orilla de camino que agita su banderita blanca. El silencio total que se había hecho en el momento en que la gorda se presentara en la puerta, iba siendo devorado por una ola de murmullos que la seguía pegada a sus caderas, mientras se dirigía hacia mi mesa como si me hubiera conocido de toda la vida. El culo derramándose en la silla fue el ademán del director que ordenaba a su orquesta terminar los susurros y dar paso a los comentarios descarados acerca de la ridícula sensualidad de la potona, los que, por ser tantos y al mismo tiempo, no escuchaba. Tengo el convencimiento de que nunca alguien le dijo que sus días de gloria habían pasado, y seguía por ahí, por la vida, convencida de que el hecho de tener las caderas más anchas que la cintura la hacía deseable. Yo no podía pronunciar palabra por la impresión. No terminaba de decidir si enfocar su mirada desafiante o sus desafiantes tetas; tan intimidado me sentía. - Te veís más viejo en la cámara wec - me dijo. Toda mi inteligencia me decía "¡sal de aquí huevón!", pero un impulso inexplicable, quizás el mismo que nos obliga a mirar cuando hay muertos en un accidente, me obligaba a permanecer en mi silla por lo que vendría. Ella seguía hablando pero mi cerebro sólo procesaba un zumbido ahogado, quizás en un intento reflejo por neutralizar las estridencias de su voz. Yo asentía con la cabeza mientras miraba sus ojos y tetas alternadamente. Sus ojos, para verificar si aún permanecían desafiantes; sus tetas, como quien mira un lunar de pelos en la cara de su interlocutor, intentando no denotar sorpresa, pero sin poder evitarlo. El cerebro terminó los ajustes de sonido justo para permitirme escuchar la frase que no quería, la que me atormentaba desde el momento en que la vi entrar a la cafetería: - ¿Y qué te parezco? Mi mente jamás había funcionado tan rápido. Ni un maestro de ajedrez habría analizado tantos movimientos como lo hice en ese segundo y medio. Si le digo esto: desastre
si le digo aquello: falsedad
"¡Me tienes sorprendido!", respondí con toda sinceridad, "debes poner cámara web". Sin duda se había educado para tragar lo que le gustaba y escupir el resto, pues ignorando el real significado de mis palabras, tomó la frasecita como el más grande piropo que jamás hubiera oído. Se paró, giró para que la viera bien, mientras me miraba sobre el hombro y mordía su dedo índice, y, en medio del silencio que se había tomado nuevamente el salón, dijo: - ¡¿Dónde habíai visto gordita más rica?! - ¡Nunca pues! respondí, sintiéndome el huevón más falso del planeta. En ese momento todas mis neuronas, excepto dos o tres que había dejado para asentir con la cabeza y mirar tetas, estaban enfocadas en la tarea de salir de ahí de la forma más elegante posible. No importaba el gasto de pasajes ni pagar un motel para dormir sólo. Sólo quería salir de ahí pronto. Llegando a mi casa lo primero que haría sería borrar a Princesasexy1972 del Messenger
Mejor aún: ¡Borrar el Messenger y toda su mierda! - ¿Y cómo va el asunto del fundo? me preguntó. ¡El fundo!, claro. ¿Qué es lo que había dicho?... ¡Oh, sí! Le expliqué que todo iba bien, y que las cosechas estaban de maravilla. ¿Qué a ella le parecía que no era época de cosechas? ¡Invernaderos!... ¡Eso, invernaderos! Y yo trataba de cambiar el tema, y la gorda que volvía al fundo. De pronto me di cuenta que la solución estaba ahí y no tenía sentido seguir defendiendo lo indefendible. Confesé, no sin un poco de vergüenza, que el que poseyera un fundo era sólo fantasía; que lo había inventado para mejorar mis posibilidades de conocer gente; que en realidad hacía hamburguesas en un local que le copiaba los colores y el tipo de letra a los Burger King. Eso la enterneció. Casi no podía respirar mientras intentaba asimilar que yo, un perfecto desconocido, haya tramado semejante intriga seducido por sus dotes intelectuales, ya que sólo nos habíamos conocido por chat. Qué ganas de gritarle en la cara que había sido su foto, sí, aquella en que sólo se veían sus ojos de caliente la culpable de que yo estuviera ahí. Vi esos ojos y armé el resto con partes de mis modelos favoritas hasta fabricarme la mejor mina que el mundo haya visto. Esos malditos ojos que habían pasado del desafío a la ternura, y de nuevo al desafío; me miraban con deseo. Esa gorda se quería encatrar conmigo y, a menos que recurriera a la violencia física, nada la haría cambiar de opinión. A punto ya de gritarle en la cara lo que pensaba de sus supuestos atributos, se apareció en el local una imagen que a primera vista me pareció salvadora. Se trataba de un viejo de espaldas anchas y piernas ridículamente cortas que se abrió paso con gran escándalo lanzando de espaldas al garzón que se aproximó a ofrecerle una mesa. Mi procesador de fugas relacionó rápidamente el incidente con una salida a mi problema llevando mi honor conmigo. Estaba en eso, felicitándome por mi suerte, cuando la frase "¡Mi marido!" me llegó, al parecer, pronunciada por las tetas que tenía al frente. Casarse había sido una estupidez, ¡pero pelear por ella...! Trataba de convencerlo de aquello mientras intentaba interponer la enclenque mesa entre mi persona y su furia. Entre empujones y gritos debió caer la mayonesa. Entre juramentos y maldiciones el gordo debió pisar la mayonesa. Más no tuve que ver. No cuento esta historia con el fin de que me dejen libre; si bien me interesa limpiar mi nombre y dejar en claro que no soy un asesino. Pero eso se dará con el tiempo. Tengo buena defensa y sólo pasaré unos días en esta celda de mierda; luego la libertad. No escribo con ese fin, como decía. Tan sólo quiero dejar en claro que no lo maté "por amol", como tituló ese diario de mierda. Pero, por sobretodo: ¡¡Nada tengo que ver con la guatona que salía en la portada jurando que me esperaría toda la vida!! | |||
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