El Gkol

Ayer vi un documental acerca de una tribu que año tras año realiza un rito muy especial, el Gkol. Consiste este en armar con ramas una torre, que alcanza hasta los 30 mts, en medio de la selva. Como si este sólo acto no fuera ya un ritual peligroso (mis esfínteres empiezan a presentar fugas a los 12 mts, aprox), los hombres de la tribu arman tarimas de salto, a distintas alturas, dependiendo de su edad y valentía. Para los niños es una ocasión especial, pues tras haber saltado serán considerados ‘hombres’.
¡Qué bungee ni lentejas con mote! Amarran lianas a la tarima, las cuales deben llegar a tocar el suelo a los pies de la torre, y se lanzan hacia un pequeño declive al cual como única precaución le han movido la tierra con azadas dejándola un poco más ‘esponjosa’. El mecanismo de amortiguación consiste el lo que siglos después de que ellos lo inventaran se aplicó a los autos con el nombre de ‘deformación programada’; es decir, la tarima de salto está estructurada con ramas de distinta resistencia, de forma que al producirse el tirón algunas de ellas se romperán amortiguando el impacto. A pesar de estas precauciones, era impactante ver como se frenaba la caída en seco, y luego rebotaban contra la falda de la pequeña colina. O, peor aun, como una de cada cinco lianas se rompía ante el esfuerzo, aunque no sin antes haber frenado en parte la velocidad de forma que, tras un par de masajes y miaditas en la espalda, el aturdido acróbata estaba listo para los vítores de la tribu.
Bueno, entre los que saltarían ese año, había dos niños. Uno de ellos había fracasado el año anterior y, por lo tanto, la presión sobre él era muy grande; según él, su error había sido pensar. El otro era mucho más pequeño y era la primera vez que intentaba saltar, sin embargo era el hijo de hombre que saltaba desde lo más alto, lo que también le ponía algo de responsabilidad extra sobre los hombros. Ambos me dejaron enseñanzas muy importantes. Empezaré por el último.
Estaba este pequeño en una de las tarimas más bajas. Le ataron las lianas a los tobillos y caminó hasta el borde, cerró los ojos, comenzó a aplaudir sobre su cabeza, miró hacia abajo, se asustó, volvió a cerrar los ojos… Sin duda ya se había arrepentido cuando entre las ramas se asomó una mano (no me cabe duda que era la del padre) que con un pequeño empujoncito lo arrojó al vacío. El otro se ató rápidamente, caminó hacia el borde, aplaudió dos veces sobre la cabeza y se arrojó. No se dio tiempo para pensar, y, a pesar de que se rompió una de las ataduras y se dio un golpe bastante más fuerte que lo esperado, el orgullo que se apoderó de él le impedía sentir dolor. Si se hubiese demorado un segundo más, quizás se habría detenido a pensar ‘¿Para qué?’ y habría fracasado nuevamente.
Moraleja: Ante las tareas no placenteras, no pensar huevás: tírate; la fuerza de gravedad hará el resto. Y, segundo, nunca está demás una manito amiga.

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