EL AVION DE PAPEL
Fue ayer en la tarde, casi de noche. Entré a la pieza de mi niña y la encontré muy concentrada poniendo pegamento en barra a un retazo de papel. Al ver sobre su cama un montón de lápices, cajitas de remedio y un cuaderno pintarrajeado, me asusté de que pudiera estar haciendo un desastre, pero no tenía de qué preocuparme. Al preguntarle a qué venía tanto desorden, me respondió sin mirar mientras seguía poniendo engrudo: “Estoy haciendo un avión de papel”. “Debió verlo en algún programa”, pensé.
Me pareció que debía dejarla tomar el desafío y me fui al living a ver televisión, después de todo, a primera vista parecía no haber manchado nada aún. Sentado en la alfombra, puse la mirada en la última cuenta que me había llegado, y decidí hacer algo mejor con ella. Llamé a la peque, le pedí que me alcanzara el sobre y con gran parsimonia y movimientos estilizados como se los he visto a los magos de la tele, comencé a ejecutar los pliegues que recordaba de mis días de colegio. Pronto dejó a un lado el tacho de pegamento y el papelito con los que aún luchaba, y se sentó también en la alfombra intentando hacerlo con las piernas entrecruzadas como me veía a mi; me reí al pensar en como David Carradine extendía su contagio a una segunda generación. Yo estilizaba más aún mis juegos de manos al notar en su carita como la alegría la iba invadiendo hasta que los ojos brillaban como dos lamparitas. Pronto el avión estuvo terminado y se lo entregué a cambio de un beso y un abrazo apretado.
Estaba realmente maravillada, me daba las gracias y lo tiraba como quien arroja una piedra, esperando que por fin el aparatito levantara el vuelo. Entonces vino la segunda ocasión de impresionarla; con un movimiento suave lancé el avioncito que avanzó sereno hasta aterrizar suavemente unos metros más allá… Luego le enseñé a hacerlo y al poco rato estábamos arrojandonos la navecita desde el living al comedor y viceversa.
Hoy me levanté temprano pues sentí llover y la mañana vendría fría, por lo que consideré prudente encender la estufa antes de que el resto se levantara. Como queda cerca de la pieza en que duermen mi hija y su abuela, me asomé a ver si estaba tapada. Todo bien, y sobre el velador el avioncito de papel. Al ver mi sonrisa, mi suegra, que estaba despierta, me dijo: “Me pidió que no se lo tocara, pues mañana jugaría mucho con su papá”.
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