Los Invisibles

Siguiendo con mi constante afán de descubrir los misterios de la vida, y pongo como ejemplo mi estudio anterior acerca de las propiedades de los fonos stereo, planteo la siguiente hipótesis:

“Hay, entre nosotros, personas que tienen la capacidad de hacerse invisibles.”

Subhipótesis 1: “Han desarrollado la habilidad de hacerse visibles en cuanto descubres su truco”.
Subhipótesis 2: “Se aprovechan, para sus tretas, de una atrofia que se produce a causa de la adultez”. No he profundizado tanto como para descubrir el mecanismo, pero lo que sí está claro es que con los niños no funciona.

Todo se me reveló (quizás porque aún no maduro del todo) una tarde en que pasé a un quiosco a comprar un paquete de mentas. De pronto, se me reveló la mano que me las estaba pasando. ¡De no creerlo! ¡Casi me voy de espaldas! Pegada a la mano venía un brazo y colgando del hombro un viejito que se había ocultado todo este tiempo. Ahí descubrí algo más: “no les gusta ser descubiertos”. No están acostumbrados a que el cliente se les quede mirando boquiabierto.

Volví a mirar a la entrada del banco que acababa de dejar. Vestido de celeste había otro. Incluso propondría como tercera subhipótesis el que un uniforme de este tipo es el ideal para lograr la propiedad de invisibilidad. ¡Increíble, realmente! No hacía un minuto había pasado por el lado de él sin verlo. Tenía cara de aburrido y se entretenía (no tenía muchas alternativas) mirando el reflejo de la calle en las puertas de vidrio. Entonces veía venir una silueta que subía las escalas y, seguramente con el afán de provocarle un ataque cardiaco, se aparecía de pronto frente a la señora que llegaba a la vez que decía “Buenas tardes” y abría la puerta con una sonrisa. Las viejas se echaban un poco hacia atrás y luego entraban.

Frente a mi había una especie de placita. Fue el colmo. Un escaño que daba la vuelta alrededor de un árbol estaba repleto de jubilados invisibles. Sólo eran tomados en cuenta por las palomas y algún niño que se quedaba mirándolos mientras la mamá le tiraba de la mano para que avanzara. La próxima vez que un niño se quede parado y no avance, pongan más atención, seguramente estará intercambiando miradas con alguno de estos invisibles. De pronto la calle se me presentó repleta de gente, apurados la mayoría, y serenos los menos; esos que no tienen un lugar mejor a donde ir o que están bien en cualquier parte ¿Me van a creer que los colectivos y las micros las maneja gente?

El colectivero que me trajo no se sentía muy cómodo al sentirse descubierto por mí. Son especialistas en el arte de desvanecerse, con cueva aparecen para recibir tu dinero (la mayoría de las veces sólo materializan una porción de la mano para pasarte el boleto); pero yo lo había descubierto. Me tomé, además, la libertad de escudriñar en algunos de sus trucos. Descubrí entonces que el pinito desodorante o, a falta de él, un rosario colgando del retrovisor provoca un efecto hipnótico que elimina en el afectado la percepción de otros detalles. Otros artefactos más elaborados son cucharitas de helado, banderines del Colo, lucecitas azules (en la noche), palanca con forma de calavera roja que se enciende al pisar el freno, y, lo más efectivo, por lejos, el típico perrito con cabeza articulada que se balancea a causa de los hoyos del camino (lo que explicaría la importancia de que existan hoyos en las calles).

Sólo me faltaba, para un buen estudio científico, analizar el contrario-extremo, es decir, un Siempre Visible. Fue una suerte que al bajar del colectivo me topara de frente con el dueño del mini-market de mi barrio. El, aunque ahora mayor, siempre ha sido un visible: rubio, de ojos azules y de apellido Comments. Lo saludé con un gesto, pero no me vio.

Comentarios

Anónimo dijo…
Ironias de la vida, les ayuda la lordosis en la espalda creo

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