Lost
Me dirigía al banco a hacer unos pequeños trámites, cuando, en medio del recorrido, vi un par de bultos que se me hicieron muy familiares cruzando la calle. Tardé un poco en reaccionar y darme cuenta que eran Álvaro y Sebastián, por lo que, entre que le pidiera al colectivero que parara, y que él tomara el mensaje, me baje un par de cuadras más allá (impulsos huevones, pues). Como siempre me vuelo en los colectivos, más cuando voy con fonos de esos que te tuercen la cabeza hacia la ventanilla, recién con los pies en tierra empecé a tomar real sentido de la huevá que había hecho. También aclaré la mente respecto al barrio (raras veces pienso en eso cuando paso en el colectivo). Pues bien, me encontraba en la población Independencia, cerca del estero Piduco (el mismo, dice el mito, que pasa por la casa del campo). Era claro: los niños iban de visita a la casa de Talca. Caminé hasta ahí, haciendo un poco de recuerdo… bastantes recuerdos en realidad… Demasiados para haber sido un pendejo de, cuanto más, seis años.
Eso debe haberme dado una apariencia algo espectral, pues cuando me asomé a la puerta los niños, aunque entre bromas, casi se fueron de raja. “Lost, huevón”, gritó el Seba. Como me he especializado en el tema, les pude seguir la talla adoptando la actitud del viejo de mierda, el papá del doctor, que se aparece por la isla como fantasma (por lo que ya he sacado otro provecho de mi pequeña maratón televisiva).
Y yo no sé si sería un corto circuito neuronal provocado por tanto rato pegado a la tele, pero la cabeza se volvió loca vomitando recuerdos que no sabía existían. De pronto fui pequeñito. Veía en un espacio vacío un mueble que separaba la pieza en que dormíamos con mi papá cuando íbamos ahí y, aunque suene a que era todos los fines de semana, dejo constancia de que la razón me dice que no debieron ser más de cuatro veces. Qué increíble que algo así te pueda dejar recuerdos enterrados como tesoros, esperando que la casualidad provoque los estímulos correctos para desenterrarlos. Conversaba un rato, y me iba al momento en que la Bea me mordía un cachete a modo de saludo… Luego reía con el Seba, mientras en mi mente me paseaba, perdido en la población, con un canasto en que debía ir a botar la basura; eso tiene una explicación: a diferencia de lo que ocurría en el campo, en la ciudad todas las casas eran iguales… Entonces, si se va el camión Fiat del vecino, única referencia, no queda más que perderse. O la vez aquella en que, entusiasmado por la confianza que me estaba dando la Nani, me atreví a mojarla con la manguera. Gran error. La manguera no era de una pieza, estaba unida al medio; debe haber gozado mucho esa mujer cuando separó la unión y me mojó de pies a cabeza, mientras yo intentaba defenderme con un arma llena de aire. Fue entonces, aunque el mito diga que fue en Santiago (lo que hice ahí fue sacar la cortina de la tina para que no se mojara)… digo, fue en esa oportunidad en que me duché por primera vez; y sí, debo reconocer que los vívidos recuerdos que tuve el día de hoy me confirman que gritaba “¡Me ahogo! ¡Socorro!” y otras estupideces.
Luego de reírme un poco del festín que se estaba dando el Seba a causa de la parsimonia con que Álvaro golpeaba los muros y luego parecía escuchar; me imaginaba que esperaría una respuesta del muro… algo así como: “soy grueso”, o , “estoy humedo”. Luego de eso, decía, miré por la ventana hacia la casa de la esquina, y se me vinieron a la mente conceptos como “Mama María”, o “Mané”… Luego me ví en la parrilla de una bicicleta mini camino a un evento al cual ‘alguien’ había invitado a este niñito del campo. No logro recordar quién pedaleaba, pero si recuerdo el producto de la aventura. Un auto de plástico soplado con el molde del modelo Impala. Era celeste, con ruedas blancas, y ponerle unas ruedas de tapillas cuando las originales se estropearon debe haber sido uno de mis primeros proyectos de reparación.
Pero lo que más me impacto, y siguiendo con el esquema de Lost, fue cuando en un flashazo visualicé, en un espacio vacío, el dormitorio de mi papá. Ahí andaba un mocoso de mierda, bajo la cama, buscando un ‘triple’ para ponerle a las luces del árbol de pascua. Cuando por fin me dijeron que ya lo habían encontrado, fue sólo para descubrir que el viejo pascuero ya había pasado. Puede que haya sido con buena intención, pero que terrible que la Tutty le contara cómo era el viejo… “Grande”, recuerdo. Superando esa parte, puedo recordar, algunos de los regalos. Una especie de Lego, con forma de pisitos; un disco (de geografía, creo) en el que en una ranura interior podías leer el nombre del país, y en las interiores datos como la capital, y otros. También recibí un cuento del llanero solitario (ese me lo envió la Ti). Era tan bonita la tapa, que más tarde la utilizaría para hacerme mi primer rompecabezas.
“Nos iremos, pos compadre”, me dijo el Seba. “Aquí, con el ingeniero, andamos puro dando jugo”. Al ver en la otra pieza al Álvaro, repitiendo la operación de los golpecitos, esta vez en el cielo raso, sentí que el gordo tenía razón y era hora de volar al banco.
Eso debe haberme dado una apariencia algo espectral, pues cuando me asomé a la puerta los niños, aunque entre bromas, casi se fueron de raja. “Lost, huevón”, gritó el Seba. Como me he especializado en el tema, les pude seguir la talla adoptando la actitud del viejo de mierda, el papá del doctor, que se aparece por la isla como fantasma (por lo que ya he sacado otro provecho de mi pequeña maratón televisiva).
Y yo no sé si sería un corto circuito neuronal provocado por tanto rato pegado a la tele, pero la cabeza se volvió loca vomitando recuerdos que no sabía existían. De pronto fui pequeñito. Veía en un espacio vacío un mueble que separaba la pieza en que dormíamos con mi papá cuando íbamos ahí y, aunque suene a que era todos los fines de semana, dejo constancia de que la razón me dice que no debieron ser más de cuatro veces. Qué increíble que algo así te pueda dejar recuerdos enterrados como tesoros, esperando que la casualidad provoque los estímulos correctos para desenterrarlos. Conversaba un rato, y me iba al momento en que la Bea me mordía un cachete a modo de saludo… Luego reía con el Seba, mientras en mi mente me paseaba, perdido en la población, con un canasto en que debía ir a botar la basura; eso tiene una explicación: a diferencia de lo que ocurría en el campo, en la ciudad todas las casas eran iguales… Entonces, si se va el camión Fiat del vecino, única referencia, no queda más que perderse. O la vez aquella en que, entusiasmado por la confianza que me estaba dando la Nani, me atreví a mojarla con la manguera. Gran error. La manguera no era de una pieza, estaba unida al medio; debe haber gozado mucho esa mujer cuando separó la unión y me mojó de pies a cabeza, mientras yo intentaba defenderme con un arma llena de aire. Fue entonces, aunque el mito diga que fue en Santiago (lo que hice ahí fue sacar la cortina de la tina para que no se mojara)… digo, fue en esa oportunidad en que me duché por primera vez; y sí, debo reconocer que los vívidos recuerdos que tuve el día de hoy me confirman que gritaba “¡Me ahogo! ¡Socorro!” y otras estupideces.
Luego de reírme un poco del festín que se estaba dando el Seba a causa de la parsimonia con que Álvaro golpeaba los muros y luego parecía escuchar; me imaginaba que esperaría una respuesta del muro… algo así como: “soy grueso”, o , “estoy humedo”. Luego de eso, decía, miré por la ventana hacia la casa de la esquina, y se me vinieron a la mente conceptos como “Mama María”, o “Mané”… Luego me ví en la parrilla de una bicicleta mini camino a un evento al cual ‘alguien’ había invitado a este niñito del campo. No logro recordar quién pedaleaba, pero si recuerdo el producto de la aventura. Un auto de plástico soplado con el molde del modelo Impala. Era celeste, con ruedas blancas, y ponerle unas ruedas de tapillas cuando las originales se estropearon debe haber sido uno de mis primeros proyectos de reparación.
Pero lo que más me impacto, y siguiendo con el esquema de Lost, fue cuando en un flashazo visualicé, en un espacio vacío, el dormitorio de mi papá. Ahí andaba un mocoso de mierda, bajo la cama, buscando un ‘triple’ para ponerle a las luces del árbol de pascua. Cuando por fin me dijeron que ya lo habían encontrado, fue sólo para descubrir que el viejo pascuero ya había pasado. Puede que haya sido con buena intención, pero que terrible que la Tutty le contara cómo era el viejo… “Grande”, recuerdo. Superando esa parte, puedo recordar, algunos de los regalos. Una especie de Lego, con forma de pisitos; un disco (de geografía, creo) en el que en una ranura interior podías leer el nombre del país, y en las interiores datos como la capital, y otros. También recibí un cuento del llanero solitario (ese me lo envió la Ti). Era tan bonita la tapa, que más tarde la utilizaría para hacerme mi primer rompecabezas.
“Nos iremos, pos compadre”, me dijo el Seba. “Aquí, con el ingeniero, andamos puro dando jugo”. Al ver en la otra pieza al Álvaro, repitiendo la operación de los golpecitos, esta vez en el cielo raso, sentí que el gordo tenía razón y era hora de volar al banco.
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