Pequeño Demonio!
No he escrito en estos días. No por falta de ideas, sino más bien por exceso de ellas. Habiendo estado limitado de tiempo, he terminado por no abordar ninguna de mis inquietudes. Lo asimilo a una multitud tratando de pasar por una puerta muy estrecha, las personas terminan atorándose y no pasa nadie. Para solucionarlo, he decidido poner las ideas en fila india en orden de importancia, y si me parecieran de igual trascendencia, en orden cronológico.
Entonces, nuestro primer tema será el pelambre informativo; y es que la información por información no tiene gracia. Pasemos entonces a analizar mi viaje al campo, el lunes pasado.
Ocurrió que la Nani y Seba habían estado por mi casa (no recuerdo si ya conté eso) y me pidieron asesoría para la instalación de unos muebles que la Nani quería construir en su cocina. Por alguna extraña conjunción celestial que no he logrado descifrar, el hecho de tener un destornillador eléctrico te convierte en un experto en estos temas. En fin, consciente de que esto no significaría tan sólo una asesoría, y movido por la emocionante expectativa de que me vieran usando mi último juguete eléctrico para que vean que no soy un fracasado, me ofrecí no solo a asesorar, sino que a diseñar e implementar el mobiliario necesario. Bueno… Me imagino lo que piensas. Si los huevones volaran… ¡putas que harían sombra! En fin, a lo hecho pecho, y el primer paso era realizar una visita para ver los espacios en terreno y realizar mis propias mediciones. Con ese objetivo, y después de haberlo aplazado los dos días anteriores, tomé un minibús y me dirigí al campo por caminos que no había recorrido en mucho tiempo. Para soportar un poco mejor el viaje, decidí cargar mi mp3 con algo de música, para lo cual elegí la carpeta con música de Amelie, pues era de lo que menos había escuchado y los clásicos de los 80 me tenían algo chato; y partí.
Durante el viaje, descubrí algunas cosas interesantes que creo que requieren una posterior investigación. Por ejemplo, descubrí que la música fuerte a través de fonos, tiene la propiedad de torcer tu cabeza hacia la ventana mientras viajas. Primero pensé que era sólo yo, pero luego comencé a estudiar a la gente a mi alrededor y, efectivamente, el 90% de quienes iban con walkman miraban por la ventanilla. El 10% que falta no cuenta, porque era un wea adolescente, de esos con los pantalones a media raja, que usaba unos fonos más propios de un relator deportivo; mi nueva teoría respecto a fonos, es que ese modelo en especial tiene la particularidad de torcerte el cuello hacia atrás, lo que provoca narcolepsia y suelta el músculo del maxilar y las glándulas salivales (requiere estudios más profundos).
También descubrí que muchos de los árboles que veía cuando viajaba a estudiar desde San Clemente aún estaban ahí…, y pensaba en como habían trascendido, y en quienes los abrían visto… y el acordeón de Amelie comenzó a hacer el efecto de una sierra de cadena que me recorría siguiendo la línea de la columna vertebral. Qué música más potente si lo que se quiere es masticar nostalgia.
Y, por último, descubrí que no importa cuánto idealice tus recuerdos la nostalgia, una vez que llegas a la casa las cosas no han cambiado mucho: los muros no son de oro, las maderas distan de ser finas y la carcaza de un Subaru se pudre bajo la lluvia. Recordé lo grande que me sentía al mando de aquella máquina y, con un poco de rubor, imaginé en tercera persona a un mocoso de 15 años acelerando el pequeño motor a fondo, creyendo que con eso lograría impresionar a alguien.
En fin. Me sentí en la necesidad de llamar por teléfono (san celular) para que me salieran a recibir, pues los perros no me habían visto ni en pintura; con eso caí en la cuenta de que necesitaba visitar mi familia más a menudo. Entré, saludé, almorcé, y me fui con Sebastián a su pieza a ver el partido más fome de todo el mundial. Fue con alargue y terminó a penales, por lo cual al finalizar ya había oscurecido y debía medir rápido para volver a Talca.
Pero no todo el partido fue fome. Junto con el Seba, nos acompañó Álvaro, que también estaba en la casa, y rápidamente tomó posición frente al computador y se pegó con un juego de fútbol por el tiempo que duró el partido y algo más. Como estaba tan concentrado, no escuchaba a su hija que golpeba la puerta desde la pieza del lado, unas veces con las manos y otras con los pies. Llamaba a la Romy, la polola de Seba, para que fuera a jugar con ella… o juraba no quererla nunca más, luego lloraba… Romy acababa su pucho rápidamente y, con resignación que le envidiarían los primeros cristianos, partía nuevamente a entretener a la pequeña. No es que tuviera una predilección especial por los niños; es sólo que era la más timida de cuantos estábamos allí. Esto es fácilmente detectado por un mocoso(a) en edad de hinchar huevas. Luego de un rato, y en algún descuido de la niña, Romy se arrancaba para estar un ratito con nosotros y darle un par de piteadas a otro pucho; entonces venían los golpes, los llamados, las pataditas… el llanto… y el Álvaro moviendo la cabeza emocionado mientras exclamaba: “¡Pero cómo se me pudo ir ese gol!”. Sin embargo, y pese a toda la indiferencia que el lúdico padre mostraba, llegó un momento en que, ante nuestra insistencia, se paró a arreglar la situación. Pasó a la habitación del lado y, lo que siguió, me recordó mucho a Homero, padre de Bart. Resulta que estos monos se llevan de maravilla; existe una infantil complicidad entre los dos y su vida sería maravillosa si siempre estuvieran de acuerdo. Cuando esto no es así, invariablemente veremos a Homero con las manos agarrotadas alrededor del cuello de Bart mientras la pequeña lengua flamea y el viejo exclama: “¡Pequeño demonio!”.
Del mueble… Bueno, de eso hablaremos otro día.
Entonces, nuestro primer tema será el pelambre informativo; y es que la información por información no tiene gracia. Pasemos entonces a analizar mi viaje al campo, el lunes pasado.
Ocurrió que la Nani y Seba habían estado por mi casa (no recuerdo si ya conté eso) y me pidieron asesoría para la instalación de unos muebles que la Nani quería construir en su cocina. Por alguna extraña conjunción celestial que no he logrado descifrar, el hecho de tener un destornillador eléctrico te convierte en un experto en estos temas. En fin, consciente de que esto no significaría tan sólo una asesoría, y movido por la emocionante expectativa de que me vieran usando mi último juguete eléctrico para que vean que no soy un fracasado, me ofrecí no solo a asesorar, sino que a diseñar e implementar el mobiliario necesario. Bueno… Me imagino lo que piensas. Si los huevones volaran… ¡putas que harían sombra! En fin, a lo hecho pecho, y el primer paso era realizar una visita para ver los espacios en terreno y realizar mis propias mediciones. Con ese objetivo, y después de haberlo aplazado los dos días anteriores, tomé un minibús y me dirigí al campo por caminos que no había recorrido en mucho tiempo. Para soportar un poco mejor el viaje, decidí cargar mi mp3 con algo de música, para lo cual elegí la carpeta con música de Amelie, pues era de lo que menos había escuchado y los clásicos de los 80 me tenían algo chato; y partí.
Durante el viaje, descubrí algunas cosas interesantes que creo que requieren una posterior investigación. Por ejemplo, descubrí que la música fuerte a través de fonos, tiene la propiedad de torcer tu cabeza hacia la ventana mientras viajas. Primero pensé que era sólo yo, pero luego comencé a estudiar a la gente a mi alrededor y, efectivamente, el 90% de quienes iban con walkman miraban por la ventanilla. El 10% que falta no cuenta, porque era un wea adolescente, de esos con los pantalones a media raja, que usaba unos fonos más propios de un relator deportivo; mi nueva teoría respecto a fonos, es que ese modelo en especial tiene la particularidad de torcerte el cuello hacia atrás, lo que provoca narcolepsia y suelta el músculo del maxilar y las glándulas salivales (requiere estudios más profundos).
También descubrí que muchos de los árboles que veía cuando viajaba a estudiar desde San Clemente aún estaban ahí…, y pensaba en como habían trascendido, y en quienes los abrían visto… y el acordeón de Amelie comenzó a hacer el efecto de una sierra de cadena que me recorría siguiendo la línea de la columna vertebral. Qué música más potente si lo que se quiere es masticar nostalgia.
Y, por último, descubrí que no importa cuánto idealice tus recuerdos la nostalgia, una vez que llegas a la casa las cosas no han cambiado mucho: los muros no son de oro, las maderas distan de ser finas y la carcaza de un Subaru se pudre bajo la lluvia. Recordé lo grande que me sentía al mando de aquella máquina y, con un poco de rubor, imaginé en tercera persona a un mocoso de 15 años acelerando el pequeño motor a fondo, creyendo que con eso lograría impresionar a alguien.
En fin. Me sentí en la necesidad de llamar por teléfono (san celular) para que me salieran a recibir, pues los perros no me habían visto ni en pintura; con eso caí en la cuenta de que necesitaba visitar mi familia más a menudo. Entré, saludé, almorcé, y me fui con Sebastián a su pieza a ver el partido más fome de todo el mundial. Fue con alargue y terminó a penales, por lo cual al finalizar ya había oscurecido y debía medir rápido para volver a Talca.
Pero no todo el partido fue fome. Junto con el Seba, nos acompañó Álvaro, que también estaba en la casa, y rápidamente tomó posición frente al computador y se pegó con un juego de fútbol por el tiempo que duró el partido y algo más. Como estaba tan concentrado, no escuchaba a su hija que golpeba la puerta desde la pieza del lado, unas veces con las manos y otras con los pies. Llamaba a la Romy, la polola de Seba, para que fuera a jugar con ella… o juraba no quererla nunca más, luego lloraba… Romy acababa su pucho rápidamente y, con resignación que le envidiarían los primeros cristianos, partía nuevamente a entretener a la pequeña. No es que tuviera una predilección especial por los niños; es sólo que era la más timida de cuantos estábamos allí. Esto es fácilmente detectado por un mocoso(a) en edad de hinchar huevas. Luego de un rato, y en algún descuido de la niña, Romy se arrancaba para estar un ratito con nosotros y darle un par de piteadas a otro pucho; entonces venían los golpes, los llamados, las pataditas… el llanto… y el Álvaro moviendo la cabeza emocionado mientras exclamaba: “¡Pero cómo se me pudo ir ese gol!”. Sin embargo, y pese a toda la indiferencia que el lúdico padre mostraba, llegó un momento en que, ante nuestra insistencia, se paró a arreglar la situación. Pasó a la habitación del lado y, lo que siguió, me recordó mucho a Homero, padre de Bart. Resulta que estos monos se llevan de maravilla; existe una infantil complicidad entre los dos y su vida sería maravillosa si siempre estuvieran de acuerdo. Cuando esto no es así, invariablemente veremos a Homero con las manos agarrotadas alrededor del cuello de Bart mientras la pequeña lengua flamea y el viejo exclama: “¡Pequeño demonio!”.
Del mueble… Bueno, de eso hablaremos otro día.
Comentarios