Mi Taller

De sólo llamarle taller a ese alero me sonrojo un poco. Pero me tiene orgulloso, y uno tiende a encontrar los hijos propios mas lindos y listos que los del vecino.
Me había olvidado de comentar en qué había quedado el asunto aquel, hasta que un juguete roto de mi pequeña me hizo caer en cuenta de que ahora tenía un espacio de trabajo. Fue gratificante enchufar el cautín y soldar el cable suelto sin tener que preocuparme de dónde me iba a instalar.

Pero no todo fue fácil. Al ver esta maravillosa construcción quizás piensen que fue tan sólo clavar un par de latas a un palo y ya. Pero no. De partida no me era posible hacerlo sólo, necesitaba a alguien que me conversara (no pude obtener más con la primera ayudante) y aproveché que Tere estaba en mi casa para pedirle su apoyo. No hizo mucho, desde el punto de vista físico. Me miró con paciencia mientras hacía los hoyos en el suelo para poner dos pilares que necesitaba; sostuvo la huincha para verificar que los hoyos estuvieran donde yo quería; me contó anécdotas de mis sobrinas; me miró terminar los hoyos y poner los pilares mientras sudaba a pesar de que hacía un frío de la puta madre. Luego, ya tenía dos hoyos perfectos a 4.00 mts de distancia. Entonces vino el aporte invaluable de mi hermanita, aporte que sólo creo fue posible gracias a sus 4 años de Tecnología Forestal: (lo siguiente, léase con tono sorprendido y pedante) “¿Y tenís una viga de cuatro metros?”. Al ver como me arqueaba con los dientes apretados y tragándome las puteadas, remató: “Ya me parecía que las vigas más largas son de tres veinte”. Y continuó mirándome por un buen rato mientras yo sacaba uno de los pilares para ponerlo a tres metros del otro. Así llegó la hora de almuerzo, luego la de partir, y yo me estaba quedando con dos pilares enterrados en el suelo (bonito taller); no me quedó más remedio que llamar a mi amigo Barrueto (el de la caja de secar papel).
Como este amigo es uno de los más beneficiados por mis artes carpinteras, pues siempre se le están ocurriendo repisas y otras yerbas para su negocio, no tuve que rogarle, aunque sí esperarlo. Cuando llegó, ya había arriesgado la vida en un par de ocasiones sobre una precaria escalera, mi pulgar izquierdo contabilizaba dos martillazos de importancia más un par que no dolieron, y la estructura principal para poner las planchas estaba terminada. Pero no se la llevaría pelada. Le tocó subir las planchas y reírse cada vez que el martillazo sonaba suavecito, lo que se fue haciendo más frecuente a medida que oscurecía. Como encontré que su ayuda no había sido mucha, lo dejé citado para el otro día para ayudarme a ordenar mis cosas y poner en el piso unos cuantos vibrados de pandereta que me habían sobrado. ¡Casi lo cagué!
Pero se vengará, de eso estoy seguro. Luegamente estará por acá con un camión de madera para que le ‘ayude’ a hacer algún mueblecito.
Todo habría sido increíble si no hubiese llovido esa noche. Se me cayó la canaleta que debía controlar el agua, y el chorro de mierda cayo sobre mi caja de herramientas más querida. La habría asegurado más, ¡pero cómo cresta me iba a imaginar que llovería tan fuerte! Pero todo se solucionó poniendo a secar las herramientas. Se salvó todo, menos el tester cuya aguja flotaba en agua; lo tiré al basurero con lágrimas en los ojos.
Me había olvidado de comentar en qué había quedado el asunto aquel, hasta que un juguete roto de mi pequeña me hizo caer en cuenta de que ahora tenía un espacio de trabajo. Fue gratificante enchufar el cautín y soldar el cable suelto sin tener que preocuparme de dónde me iba a instalar.

Pero no todo fue fácil. Al ver esta maravillosa construcción quizás piensen que fue tan sólo clavar un par de latas a un palo y ya. Pero no. De partida no me era posible hacerlo sólo, necesitaba a alguien que me conversara (no pude obtener más con la primera ayudante) y aproveché que Tere estaba en mi casa para pedirle su apoyo. No hizo mucho, desde el punto de vista físico. Me miró con paciencia mientras hacía los hoyos en el suelo para poner dos pilares que necesitaba; sostuvo la huincha para verificar que los hoyos estuvieran donde yo quería; me contó anécdotas de mis sobrinas; me miró terminar los hoyos y poner los pilares mientras sudaba a pesar de que hacía un frío de la puta madre. Luego, ya tenía dos hoyos perfectos a 4.00 mts de distancia. Entonces vino el aporte invaluable de mi hermanita, aporte que sólo creo fue posible gracias a sus 4 años de Tecnología Forestal: (lo siguiente, léase con tono sorprendido y pedante) “¿Y tenís una viga de cuatro metros?”. Al ver como me arqueaba con los dientes apretados y tragándome las puteadas, remató: “Ya me parecía que las vigas más largas son de tres veinte”. Y continuó mirándome por un buen rato mientras yo sacaba uno de los pilares para ponerlo a tres metros del otro. Así llegó la hora de almuerzo, luego la de partir, y yo me estaba quedando con dos pilares enterrados en el suelo (bonito taller); no me quedó más remedio que llamar a mi amigo Barrueto (el de la caja de secar papel).
Como este amigo es uno de los más beneficiados por mis artes carpinteras, pues siempre se le están ocurriendo repisas y otras yerbas para su negocio, no tuve que rogarle, aunque sí esperarlo. Cuando llegó, ya había arriesgado la vida en un par de ocasiones sobre una precaria escalera, mi pulgar izquierdo contabilizaba dos martillazos de importancia más un par que no dolieron, y la estructura principal para poner las planchas estaba terminada. Pero no se la llevaría pelada. Le tocó subir las planchas y reírse cada vez que el martillazo sonaba suavecito, lo que se fue haciendo más frecuente a medida que oscurecía. Como encontré que su ayuda no había sido mucha, lo dejé citado para el otro día para ayudarme a ordenar mis cosas y poner en el piso unos cuantos vibrados de pandereta que me habían sobrado. ¡Casi lo cagué!
Pero se vengará, de eso estoy seguro. Luegamente estará por acá con un camión de madera para que le ‘ayude’ a hacer algún mueblecito.
Todo habría sido increíble si no hubiese llovido esa noche. Se me cayó la canaleta que debía controlar el agua, y el chorro de mierda cayo sobre mi caja de herramientas más querida. La habría asegurado más, ¡pero cómo cresta me iba a imaginar que llovería tan fuerte! Pero todo se solucionó poniendo a secar las herramientas. Se salvó todo, menos el tester cuya aguja flotaba en agua; lo tiré al basurero con lágrimas en los ojos.
Comentarios