King Solomon's Mines
En un arranque de pasión por el saber, me he comprado un libro titulado “Las Minas del Rey Salomón” que tenía un buen descuento por estar escrito en Inglés. No quise desaprovechar la oportunidad de mejorar mis conocimientos acerca de este idioma y volví con él a casa diciendo que sólo había encontrado pañales en empaque pequeño. Luego de leer con calma la contratapa, sin embargo, he caído en la cuenta de que las famosas minas no son sino hoyos hechos en un cerro, de donde se sacaba diamantes o algo así. Espero continuar con la lectura con renovado interés en algún momento.
Veo el libro sobre el velador y trato de explicarme qué pasó. Por unos instantes lo amé al punto de comprarlo, me vine hojeándolo en el colectivo; pero algo hizo que aún esté bajo la lámpara con sus páginas planchaditas. Supongo que lo mismo ocurrió con mi computador, luego mi notebook, mi taladro DeWalt de cuarenta lucas; la página de internet... Y quizás, luego, con este blog. Deberé llevar un diario de actividades diarias. Así como los que desarrollan una alergia deben anotar todo lo que comen para descubrir cual es el gatillo, así también me sería de gran utilidad descubrir en qué maldito momento pierdo las ganas de hacer las cosas.
Y puede, sólo puede, que la respuesta sea: “En el momento en el que me pregunto ¿Para qué?” Ante esta pregunta, a veces ni el comer tiene sentido. ¿Para qué?
Creo que lo primero que me hizo reaccionar de esta forma fue la muerte de don Juanolo. Claro, se te baja el entusiasmo cuando te das cuenta que la gente muere. Y que no importa lo bien o mal que lo hayan hecho, lo mucho o poco que hayan reído o amado, que no importando nada de eso se muere. Y alguien sentado en la primera fila de la iglesia agacha la cabeza y se pregunta ¿Para qué?
Y lo más terrible de todo es que habemos un par por ahí que no tenemos respuesta. Otros estarán felices con un infantil “Porque sí”. Los más exigentes sólo se conforman ante respuestas tales como que esto es una etapa de aprendizaje y luego viene el cielo... O un “Dios sabe porque hace las cosas”. Putas que necesito un huevón con poder de convencimiento, una especie de líder carismático que me convenza de que tiene algún sentido mandarme otro trago de aire. ¡No os preocupeis! No he decidido suicidarme ni nada por el estilo; instinto de sobrevivencia o algo así.
Hay una frase que admiro mucho, pero no tanto como para conseguirme una biografía del wea que la dijo, o aprender su nombre. Resulta que cuando le preguntaron a un montañista por qué subió al Everest este respondió “porque estaba ahí”. Como único dato biográfico agregaré que creo que fue el primero en llegar allí (Si era de apellido Hillary, pueden catalogarme como un breva con buenos instintos)
¡Eso me gustaría ser!. Así de huevón.
¿Y por qué te levantas todas las mañanas tan temprano?
Porque hay que trabajar.
¿Y por qué?
Porque sí.
Se acabó la discusión.
Veo el libro sobre el velador y trato de explicarme qué pasó. Por unos instantes lo amé al punto de comprarlo, me vine hojeándolo en el colectivo; pero algo hizo que aún esté bajo la lámpara con sus páginas planchaditas. Supongo que lo mismo ocurrió con mi computador, luego mi notebook, mi taladro DeWalt de cuarenta lucas; la página de internet... Y quizás, luego, con este blog. Deberé llevar un diario de actividades diarias. Así como los que desarrollan una alergia deben anotar todo lo que comen para descubrir cual es el gatillo, así también me sería de gran utilidad descubrir en qué maldito momento pierdo las ganas de hacer las cosas.
Y puede, sólo puede, que la respuesta sea: “En el momento en el que me pregunto ¿Para qué?” Ante esta pregunta, a veces ni el comer tiene sentido. ¿Para qué?
Creo que lo primero que me hizo reaccionar de esta forma fue la muerte de don Juanolo. Claro, se te baja el entusiasmo cuando te das cuenta que la gente muere. Y que no importa lo bien o mal que lo hayan hecho, lo mucho o poco que hayan reído o amado, que no importando nada de eso se muere. Y alguien sentado en la primera fila de la iglesia agacha la cabeza y se pregunta ¿Para qué?
Y lo más terrible de todo es que habemos un par por ahí que no tenemos respuesta. Otros estarán felices con un infantil “Porque sí”. Los más exigentes sólo se conforman ante respuestas tales como que esto es una etapa de aprendizaje y luego viene el cielo... O un “Dios sabe porque hace las cosas”. Putas que necesito un huevón con poder de convencimiento, una especie de líder carismático que me convenza de que tiene algún sentido mandarme otro trago de aire. ¡No os preocupeis! No he decidido suicidarme ni nada por el estilo; instinto de sobrevivencia o algo así.
Hay una frase que admiro mucho, pero no tanto como para conseguirme una biografía del wea que la dijo, o aprender su nombre. Resulta que cuando le preguntaron a un montañista por qué subió al Everest este respondió “porque estaba ahí”. Como único dato biográfico agregaré que creo que fue el primero en llegar allí (Si era de apellido Hillary, pueden catalogarme como un breva con buenos instintos)
¡Eso me gustaría ser!. Así de huevón.
¿Y por qué te levantas todas las mañanas tan temprano?
Porque hay que trabajar.
¿Y por qué?
Porque sí.
Se acabó la discusión.
Comentarios